ENCUENTRA LA TRANQUILIDAD EN TU VIDA CON ESTAS 3 REFLEXIONES

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¿Vives demasiado estrés en tu día a día? ¿Sientes que tu vida no te pertenece? La realidad es que, por mucho que se investigue al respecto, no hay una forma correcta de vivir. Por eso, lo que debes buscar es la manera de lograr ser feliz y estar tranquilo/a sin hacer daño a tu entorno y sin perder el control de tu propia vida.

Como ya sabrás, este objetivo, que parece tan simple, es realmente difícil de alcanzar. Si no hay normas ni caminos estrictos, ¿cómo hay que comportarse para lograr vivir satisfactoriamente? Pues bien, más allá de las reglas que tú mismo/a establezcas con la experiencia, existen una serie de aspectos que facilitan la consecución de la tranquilidad.

Hoy, me gustaría hablarte sobre 3 reflexiones que te ayudarán a reducir las cuestiones estresantes en el día a día. Sin ellas, resulta mucho más sencillo alcanzar la felicidad. ¿Empezamos?

Abandona la esclavitud de las necesidades

En primer lugar, quiero remarcar la importancia de diferenciar entre querer y necesitar. En este caso, te hablo de querer como ese acto de perseguir algo sin que sea urgente ni crucial. Por el contrario, una necesidad se referirá a un asunto de vida o muerte.

Y es que resulta que las necesidades nos atan, nos hacen más vulnerables. Piénsalo… ¿acaso las mayores manipulaciones no se dan jugando con las necesidades del manipulado? La dependencia hacia ciertos aspectos te hacen menos libre y, además, te generan un mayor estrés por conseguirlos.

Mi consejo no es que elimines cualquier necesidad que tengas. Es obvio que comer, dormir y respirar son necesidades básicas que no se pueden dejar de lado. Incluso que las personas que te rodean, como tu pareja o tus hijos, estén bien, es una necesidad a la que no debes renunciar.

Sin embargo, en este caso quiero centrarme en aquella necesidad que cada vez cala más en cada uno de nosotros y por la que somos tan manejables: el dinero. Bien es cierto que el dinero ayuda a cubrir otros aspectos esenciales de tu vida pero, ¿hasta qué punto puedes depender de conseguir dinero? ¿No sería mejor mover lo económico a un plano secundario al querer?

Otro ejemplo bastante obvio está en la fama y el reconocimiento. ¿Acaso necesitamos ser valorados hasta el punto de que, si completamos una meta personales y nadie lo reconoce, lo consideremos un fracaso? Precisamente sobre este tema trata la siguiente reflexión.

Busca tu satisfacción, no el reconocimiento ajeno

Si se trata de egoísmo, el ser humano es el mayor de los expertos. ¿Cuántas veces habremos hecho algo por otra persona con la mira puesta simplemente en lo que obtendremos a cambio? No quiero que se me entienda mal, evidentemente nuestro trabajo merece una retribución acorde a lo aportado. Pero, ¿es el ámbito profesional el único en el que tenemos esta mentalidad?

Esta vez quiero reducirme exclusivamente a un tipo de contraprestación: el reconocimiento ajeno. Uno de los premios que mejor sienta (a corto plazo) pero que más ansiedad genera si no se logra. Piensa en aquellas situaciones en las que te ha molestado que alguien no te agradeciese un buen gesto. Por ejemplo, dejar pasar en un cruce al otro coche, aun cuando tienes preferencia.

En estos casos, lo importante es quedarse con que, por tu parte, te has comportado bien y has facilitado la situación para la otra persona. El verdadero reconocimiento reside en la satisfacción de haber cumplido con tus propios principios morales y éticos.

Además, ser tu propio juez te ayudará a no exigirte ni más ni menos de lo que puedes abordar. Al fin y al cabo, nadie conoce el nivel que tienes ni lo que eres capaz de aportar en cualquier ámbito de la vida mejor que tú. Aprovecha esto, y prevén el estrés provocado por una gran exigencia.

Deja de sentirte el centro del universo

Vaya contraste, ¿no? Hace un momento te recomendaba que tomases las riendas y que te centrases en tu interpretación y, ahora, te salto con que no eres tan importante. Sin embargo, esto tiene una explicación.

Cuando tienes la sensación de ser el centro de todo, experimentas mayor estrés. Esto se debe a que, por un lado, crees que la naturaleza te sonreirá y, por otra parte, tienes la presión de hacerlo todo perfecto.

Por el contrario, si consigues desprenderte de ese sentimiento de importancia, dejas de preocuparte por el factor suerte, aprendes a asumir lo que la naturaleza te aporta y, además, tu exigencia se hace más sana. Eres capaz de aceptar tu imperfección y trabajar en base a ella.

Y, por si fuera poco (esto ya es una reflexión personal), es más sencillo dar lo mejor de ti mismo cuando te sientes una parte más del mecanismo de la vida. Al sentir que todo debe girar a tu alrededor, te cargas con la responsabilidad de hacer que todo funcione a la perfección. Y esto es imposible.

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¿Qué opinas? ¿Se te ocurren otros aspectos que pueden mejorar la vida de cualquiera de nosotros? ¡Te leo en los comentarios!

Muchas gracias por tu atención. ¡Hablamos la semana que viene!

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